Un encanto inalcanzable
“Las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué se yo” comienza un tango que oí una vez al pasar y que encaja justo con una de las sensaciones que dejan el recorrer una de las avenidas más importantes del mundo y que resulta ser un verdadero microclima dentro de la caótica ciudad de Buenos Aires.
De ser factible, pediría a la Academia Nacional de Tango un cambio en la letra para circunscribirla, no a la ciudad como era la idea original de Juan de Dios Filiberto sino al barrio de Recoleta y más precisamente a la avenida Carlos Maria de Alvear.
Recorrer esta avenida desde Cerrito y Arroyo es iniciar un viaje por otro mundo, un mundo donde los gustos caros, la buena ropa y los buenos autos parecen ser moneda corriente entre los vecinos de la zona. Muy distinto al mundo al cual pertenece esta suerte de flaneur del siglo XXI, que pretende ser el autor de estas líneas.
En cualquier barrio son un común denominador los perros callejeros. Se convierten en personajes queridos por los vecinos que les dejan alimento, agua y hasta se convierten en guardianes de la cuadra o la manzana. Ya lo escribió Alberto Cortéz en su recordada “Callejero”: “Lo consideramos nuestra propiedad / Era de los niños y del viejo Pablo / a quien rescataba de su soledad”.
Pero a lo largo de la avenida Alvear, ninguna de estas imágenes aparecen. El perro por antonomasia es el Caniche y sus variantes “toy” y “microtoy”, nunca un callejero. Son propiedad de sus dueños puertas adentro, porque las encargadas de salir con ellos a pasear y a que hagan sus necesidades son las mucamas –enfundadas en sus uniformes celestes o bordó tan típicos- que aprovechan el momento para tomarse un respiro en la plazoleta de Cerrito y Arroyo y, por qué no, para intercambiar infidencias de lo que sucede en el seno de las familias patricias que allí residen. Además, no es para nada chic que el portero del Palacio Duhau tenga un perro sentado a su lado.
Buenos Aires no se caracteriza por ser un ejemplo en lo que a limpieza del espacio urbano se refiere, pero hay que destacar que la zona está respetablemente pulcra. Salvo por la esquina de Alvear y Callao, donde se está construyendo un edificio y la ochava es una receptora de bolsas de residuos mal cerradas que dejan expuestas los gustos light de algunos vecinos. Porque, como suele decir Samuel “Chiche” Gelblung: “la basura habla”. Así es como uno puede enterarse que el yogurt Ser, el agua Evian y la carne de Cabañas Las Lilas son algunos de los productos preferidos de los vecinos recoletos.
Más allá de perros y costumbres alimenticias, la avenida Alvear tiene un charm particular. Será por eso que las grandes marcas tienen allí su sede: Emporio Armani, Louis Vuitton, Ralph Laurent, Prada hacen las delicias de las señoras paquetas que gustan de vestirse según el último grito de la moda.
También porque allí convergen muchas galerías de arte y la zona es un punto de referencia para los que buscan obras de de arte y para otros que, con menor poder adquisitivo, gustan de ver cuadros y esculturas que podrán tenerlas en sus casas en cuanto encuentren una reproducción en alguna librería o local del Buenos Aires Desing.
El charm también proviene de las construcciones que tienen una reminiscencia netamente francesa y que llama la atención de cualquier transeúnte tanto por el esplendor de los edificios como por el lujo imperante. Así es como se van sucediendo los palacios Harilaos de Olmos, Duhau, Álzaga Unzué, Casey, Unzué de Cáceres, Ortiz Basualdo que, lejos de pertenecer a esas familias hoy son propiedad de marcas de ropa, hoteles y hasta la mismísima Santa sede tiene un lugar en este lugar top de Buenos Aires.
Después de recorrer esta zona uno no puede menos que desear haber nacido allí, ser parte de esa suerte de “ciudadela del hedonismo consumista” porque, convengamos, que eso no es para simples mortales como nosotros que estamos lejos de poder pagar una billetera de Louis Vuitton cotizada en 7 mil pesos y menos aún poder celebrar nuestro cumpleaños en el Palacio Duhau.
De cruzárseme Horacio Ferrrer, le propondría el cambio mencionado al principio de este artículo. Y la respuesta para “ese qué se yo” sería “un encanto inalcanzable”.






