Que nunca pare de girar
“Entremos a la calesita, entremos, dale”, ordena un nene de 6 años a su papá. Es lunes a las 8.00 de la mañana en el Parque Chacabuco y la Calesita de Tatín, ubicada en el extremo sur del parque, no abre sus puertas hasta el mediodía. Aunque ese nene aún no tenga noción del tiempo y los horarios, sabe que a este lugar vale la pena entrar en cualquier momento, a cualquier hora. Así que hace un último intento de insistencia, ya en un tono más ansioso, amenazando con un berrinche matutino. El papá, con cierto temor a la respuesta previsible de su hijo, explica nuevamente: “Está cerrada, no se puede”; el niño, como había advertido, llora.
La Calesita de Tatín es una de las 52 que funcionan actualmente en la Capital y que todavía siguen produciendo un efecto hipnótico en los niños. Está ubicada desde 1962 en la intersección de la avenida Asamblea y la calle Miró, en el barrio de Parque Chacabuco. Tatín, su dueño y fundador, es un emblema del parque y también del barrio. Si bien murió en el 2005, su carrusel en pie es la prueba material de una vida dedicada a entretener, una historia de culto a la sonrisa de los más pequeños.
A pocos metros se encuentra la escuela primaria Número 7 “Niñas de Ayohúma”, muy cerca pasa la autopista 25 de Mayo, y en frente hay un enorme supermercado. Nada de eso existía todavía cuando la calesita abrió sus puertas por primera vez, y desde su interior es difícil contemplarlas: parece un lugar suspendido en el tiempo. Al ingresar se percibe cierta desconexión entre el adentro y el afuera, como si estuviesen en mundos diferentes, o al menos en momentos diferentes. Las figuras talladas artesanalmente de un carrusel que da lentas vueltas en círculo, la música de Gaby, Fofó y Miliki sonando algo lejana, el olor viejo de la pintura desgastada: los sentidos indicando coordenadas que no se condicen con el presente. Aunque la Calesita de Tatín mantiene su tradicional fisonomía y una buena cantidad de concurrencia, es en el pasado donde tuvo su esplendor.
Tatín, en realidad llamado Agustín Ravello, fue un hombre que creía con convicción que la mejor forma de estar era estar rodeado de chicos. Ese pensamiento encierra un sentido de la vocación mucho más profundo que un juego de niños: los últimos 25 años de su vida los dedicó exclusivamente a la calesita. Aún en la agonía de la vejez, siempre se lo veía en la puerta, la que da a la avenida Asamblea, sentado en una silla durante horas, hablando con sus amigos, de los grandes y de los chicos: estar, simplemente. En su juventud, no se despegó un momento de este lugar e hizo mucho más que pasar una sortija. Como si entretener no bastara, armó una biblioteca de libros infantiles dentro de la misma calesita: una iniciativa tan admirable como inverosímil qu hoy continúa: los chicos retiran un libro y, si pueden, devuelven dos. Que su obra viva sólo en la memoria de esa calesita parece demasiado poco. Quizás, que en 1999 haya sido declarado vecino ilustre de la Ciudad de Buenos Aires sirva como reconocimiento.
El verdadero fundador es el padre de Tatín, también llamado Agustín Ravello. Era un jockey local que pintaba calesitas como hobby, y que aprovechó la licitación de principios de los ‘60 para construir una propia. La primera versión del proyecto se movía a fuerza de un caballo; no de fibra o madera como los que están en el carrusel, sino uno de verdad que tiraba de una soga atada a su cuello. Era 1960 y la calesita estaba en un depósito, hasta que dos años más tarde fue trasladada a la esquina del Parque Chacabuco donde sigue estando. Tatín, que en ese momento tenía apenas veinte años, no sabía que en ese pequeño emprendimiento de su padre residía la razón de su vida, ni que por ese artefacto de rotación sería rebautizado para el resto de sus días. El apodo se debe a que el cómico chileno Tato Cifuentes apadrinó la calesita. Cada sábado era un escenario habitual del programa que conducía por el viejo Canal 7. Cifuentes siempre decía: “Yo soy Tatín, un chiquitín jueguetón”. Por transición, el calesitero heredó el nombre.
Pasado algún tiempo de la inauguración, llevada a cabo por la esposa del intendente de la Ciudad de entonces, Francisco Rabanal, Ravello y su hijo Tatín juntaron dinero para cambiar al caballo por un motor. Ambos construyeron las figuras que aún hoy están en la calesita: caballos, tigres, jirafas, autos, micros, platos voladores, una serie de variaciones entre animales y medios de transporte. También suplantaron el techo tradicional de lona por uno de chapa: una innovación que no tenía registros, fueron los primeros. Los chicos no tardarían en llegar de a cientos para entrar al reluciente juego. Hacia fines de los ‘60 tenía tanta popularidad que hasta Sandro estuvo allí, para hacer una escena del film Quiero llenarme de ti.
En la actualidad, las calesitas no tienen el mismo nivel de popularidad de la época en que Tatín pasaba la sortija, pero todavía persisten. Parece que el avance de la tecnología no ha podido detener ese sencillo movimiento de una plataforma girando sobre su eje. Es, sin duda, lo más parecido a un anacronismo lúdico: no se puede determinar con exactitud a que generación pertenece este viejo juego del barrio, que tiene la particular cualidad de haber entretenido a niños de todas las épocas. Lo confirma ese nene que llora por entrar a la Calesita de Tatín, un lunes a la mañana: su llanto tiene la dimensión de reconocimiento, por lo menos en Parque Chacabuco. No hay vecino que viva en la zona desde su niñez que no haya ido alguna vez, que no haya sacado una sortija de la mano de Tatín, o que no haya sonreído al pasar y ver que todavía está abierta, después de cerca de medio siglo. Una vigencia que la coloca en el lugar de ícono cultural más que barrial, ya que permite un vínculo generacional casi exclusivo entre los hijos, padres, y abuelos del barrio: una forma de diversión que no tiene fecha de vencimiento.






